He utilizado últimamente nuestro maravilloso transporte público de la capital santiaguina. La razón es exclusivamente por falta de alternativas. Me cambié de trabajo hace unas semanas y debo ir al centro, por lo que habría que estar completamente loco (que no me falta mucho en todo caso) para irse en auto. En fin, no es del "transporte público" en sí mismo sobre lo que quiero escribir. Por lo demás, creo que ya despotrique contra el Transantiago hace algunos meses atrás. Sólo quiero constatar dos cuestiones que me llaman la atención en estos viajes de mañana en jaulas llenas de gente.
La primera es lo apáticos que somos los chilenos. En un bus del Transantiago todos van mirando el suelo, con cara de pocos amigos, completamente en silencio y preocupados de los propios problemas. Está bien, está bien. Es plausible pensar que la razón de esa apatía radique en que es temprano, todos tienen sueño, a nadie le gusta movilizarse como animal, etc., pero también depende de uno intentar mejorar la situación. Y siempre es agradable contagiarse con alguien que se sube a los buses del Transantiago con buen humor y una sonrisa.
Esto me lleva a otra cosa. Lo poco que hacemos para mejorar la civilidad entre los demás. Todos se enojan con todos por las razones más absurdas y los gestos de amabilidad se cuentan con los dedos de una mano. Para qué hablar de los quinceañeros espinidullos que, a pesar que la viejita se está cayendo literalmente a pedazos, miran hacia abajo y siguen cómodamente sentados. Por eso, el ejemplo parte por uno mismo. Por ejemplo, la otra vez se subió una pareja y ella quedó sentada al lado mío, mientras que él quedó adelante. Yo, en un gesto de amabilidad natural, le dije se preferían sentarse juntos y yo cambiarme al asiento de adelante. Creo que nunca les habían ofrecido un favor así y con la mirada prácticamente asumieron que era un cura, un monje tibetano o alguien de espíritu bueno y sano. Ciertamente yo no soy tan así, pero creo fuertemente en los gestos de civilidad. Pensando en este episodio me di cuenta que la esperanza secreta es que, en una situación similar, cualquiera de ellos responda más o menos así.
miércoles, 23 de abril de 2008
jueves, 10 de abril de 2008
Lo Fugaz de la Existencia
El eterno drama de la finitud. El eterno drama del hombre contingente. ¡Cuánto ha sufrido la Historia de la Filosofía pretendiendo hacer del hombre un infinito! Parménides nos inmovilizó; Aristóteles nos dio movimiento y conocimiento finito de lo infinito; Hegel nos hizo Uno y después de amalgamar la paradoja sartriana, nos sumimos en la angustiosa fugacidad del presente existencial. Mas, ¿no debiera ser eso momento de exaltación? ¿No vivimos a modo de fugacidades que se extienden hasta la posibilidad de la imposibilidad de todas las posibilidades? ¿No guardamos en las profundidades nobles del alma el instante mismo? ¿Y no es aquel fugaz instante el contacto con la infinitud? Ustedes filósofos que piensan el mundo, que cambian el mundo, que viven el mundo, ¿no juegan a encontrar el tesoro griego del Kairós? Su filosofía, su pensar, su vivir se define en la fugacidad de la existencia. Basta de sombrías perspectivas que tildan a nuestro estar-en-el-mundo como tarea inútil. La inutilidad se resuelve en la fugacidad: el suspiro antes de caer al agua, el instante previo a la risa, el latir, el acercar nuestros labios a la mujer que amamos, el silencio original, el primer momento del despertar metafísico, ahí en el púlpito de madera bajo el húmedo sol de Noviembre; la inspiración musical y la estrella danzarina, el sueño, el despertar, los últimos rayos de sol, las primeras luces de una fría mañana de invierno, el Fin de la Novela, expirar, suspirar, reir. Habría, quizás, que pensar en lo fugaz, es ahí donde se encuentra la paradoja de lo eterno.
jueves, 3 de abril de 2008
Humildad
Siempre he mirado con escepticismo esas máximas de personas ciertamente más inteligentes que yo y que dicen que la vida hay que vivirla con humildad. Supongo que es porque vivir con humildad es mejor que vivir sin ella.
Dentro de las reglas de comportamiento históricas que toda sociedad construye con el pasar del tiempo, pareciera que la humildad como valor tiene arraigo desproporcionado. Y, a decir verdad, no me queda muy claro por qué. Ser humilde es sinónimo de prudente, virtuoso, templado, inteligente, sabio, humano y un largo etcétera de adjetivos. No ser humilde, por el contrario, es sinónimo de soberbio, grosero, antipático y otro largo etcétera. Pero me parece que la humildad esconde, por así decir, cuestiones reales que por muy antipáticas que puedan parecer no dejan de ser verdad. Por eso, si alguien tiene éxito económico (por ejemplo) dice - "la vida me ha tratado bien" o "he tenido fortuna en mi vida" - pero nunca escucharíamos decir que dicho éxito se debe a que - "soy más inteligente" o "más astuto" -. ¿Por qué se genera una regla así, implícita, donde el éxito o cualquier signo que presuponga ubicarse objetivamente por encima de otro grupo es tan mal visto?
Recuerdo hace unos años que leía un artículo sobre Stephen Hawking. La crónica decía que para muchos de los físicos e intelectuales de la época había resultado desgradable y, por qué no decirlo, irresponsable, que Hawking - "en un alarde soberbio y carente de humildad" - hablase de sí mismo como uno de los físicos teóricos más importantes de la historia. Y sin embargo, esos mismos físicos e intelectuales dirían en privado que, efectivamente, Hawking es uno de los más grandes físicos que jamás ha existido. Sin embargo, como la verdad proviene de su propia boca el asunto es "soberbio" y "poco humilde".
Jacques Le Goff (el gran historiador francés de la escuela de los Anales) le hecha la culpa al cristianismo. Y la razón es bastante sencilla: dado que el mensaje es de una igualdad universal entre todos los hombres, parte de la actividad de todo cristiano estaría en reconocer esa igualdad, incluso a costa de minimizar sus propios logros. Resulta evidente que la explicación teológica no aborda cuestiones relacionadas con la vida privada de cada uno, ni con los méritos o talentos asociados a lo que Rawls llamaba la "lotería natural". Pero por esos vericuetos complejos de la historia humana, la extensión se hizo incluso a aspectos desligados de la esencia de la persona.
Creo que actuar con poca humildad provoca desagrado porque encontrarse de frentón con una verdad (y con una persona) que puede superarnos en alguna u otra materia, cataliza desde la guata un sentimiento asociado al egoísmo. Todos están más o menos contentos con la parte que le tocó (algo que ya decía Hobbes), y darse cuenta que la repartición de la torta - sea ésta inteligencia, dinero, éxito o belleza - ha favorecido más a unos que a otros, y que además esos otros lo digan abiertamente, produce sensaciones poco positivas. Debo reconocer, no obstante, que también me produce cierto desagrado la falta de humildad, aún cuando ésta se encuentre completamente justificada.
Dentro de las reglas de comportamiento históricas que toda sociedad construye con el pasar del tiempo, pareciera que la humildad como valor tiene arraigo desproporcionado. Y, a decir verdad, no me queda muy claro por qué. Ser humilde es sinónimo de prudente, virtuoso, templado, inteligente, sabio, humano y un largo etcétera de adjetivos. No ser humilde, por el contrario, es sinónimo de soberbio, grosero, antipático y otro largo etcétera. Pero me parece que la humildad esconde, por así decir, cuestiones reales que por muy antipáticas que puedan parecer no dejan de ser verdad. Por eso, si alguien tiene éxito económico (por ejemplo) dice - "la vida me ha tratado bien" o "he tenido fortuna en mi vida" - pero nunca escucharíamos decir que dicho éxito se debe a que - "soy más inteligente" o "más astuto" -. ¿Por qué se genera una regla así, implícita, donde el éxito o cualquier signo que presuponga ubicarse objetivamente por encima de otro grupo es tan mal visto?
Recuerdo hace unos años que leía un artículo sobre Stephen Hawking. La crónica decía que para muchos de los físicos e intelectuales de la época había resultado desgradable y, por qué no decirlo, irresponsable, que Hawking - "en un alarde soberbio y carente de humildad" - hablase de sí mismo como uno de los físicos teóricos más importantes de la historia. Y sin embargo, esos mismos físicos e intelectuales dirían en privado que, efectivamente, Hawking es uno de los más grandes físicos que jamás ha existido. Sin embargo, como la verdad proviene de su propia boca el asunto es "soberbio" y "poco humilde".
Jacques Le Goff (el gran historiador francés de la escuela de los Anales) le hecha la culpa al cristianismo. Y la razón es bastante sencilla: dado que el mensaje es de una igualdad universal entre todos los hombres, parte de la actividad de todo cristiano estaría en reconocer esa igualdad, incluso a costa de minimizar sus propios logros. Resulta evidente que la explicación teológica no aborda cuestiones relacionadas con la vida privada de cada uno, ni con los méritos o talentos asociados a lo que Rawls llamaba la "lotería natural". Pero por esos vericuetos complejos de la historia humana, la extensión se hizo incluso a aspectos desligados de la esencia de la persona.
Creo que actuar con poca humildad provoca desagrado porque encontrarse de frentón con una verdad (y con una persona) que puede superarnos en alguna u otra materia, cataliza desde la guata un sentimiento asociado al egoísmo. Todos están más o menos contentos con la parte que le tocó (algo que ya decía Hobbes), y darse cuenta que la repartición de la torta - sea ésta inteligencia, dinero, éxito o belleza - ha favorecido más a unos que a otros, y que además esos otros lo digan abiertamente, produce sensaciones poco positivas. Debo reconocer, no obstante, que también me produce cierto desagrado la falta de humildad, aún cuando ésta se encuentre completamente justificada.
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