Este sábado es 1 de Marzo. ¿Alguien puede explicarme cómo llegamos al tercer mes del año tan rápido? Creo que es de esas percepciones ligadas a la lógica directamente proporcional: a medida que me pongo más viejo el tiempo pasa volando. Y si bien hay personas que no tienen problema con eso y - más bien - son de aquellas que le piden al tiempo velocidad, como si ésta tuviera alguna relación con la resolución de sus problemas; yo soy al revés, en parte porque las responsabilidades también han crecido de manera exponencial y siento que falta poco, muy poco, para dar ese traspié que de un sopetón nos lleva a esa adultez más cruda, menos divertida, amarga, seria y aletargada, donde pasarlo bien es señal de inmadurez y donde entablar una conversación significan largas disquisiciones acerca de lo bien o mal que está el trabajo, de cómo están los niños, de cómo van los pagos del dividendo y cosas por el estilo. Para llorar a gritos.
Tal vez por eso, o por esa inevitable sensación de correr hacia lugares desconocidos, me aferro a los días como si no hubiera mañana (qué cliché), aunque todos los días, al abrir los ojos siento que ha pasado una semana. No tengo duda que mucha de la culpa la tiene la maldita rutina de la vida moderna: Despertar, tomar desayuno, ir a trabajar, almorzar, trabajar, irse a la casa, repetir x 5... por eso los fines de semana son tan aprovechados.
No dejo de gastar minutos en recordar las épocas de niñez, cuando 1 día, un mísero día era la eternidad misma. Y para qué decir de un verano: uno de hecho llegaba al colegio con la sensación de reencontrarse con personas a las que no veía hace mucho, mucho tiempo. Pero ahora, ¿qué son dos meses? Al parecer nada, se fueron en un abrir y cerrar de ojos. ¿No sería increíble poder volver por un día, despertarse temprano y jugar por la vida, llegar con las piernas llenas de moretones, cansado, sucio, pero sabiendo cándidamente que se vivió una épica aventura de niñez?
lunes, 25 de febrero de 2008
martes, 19 de febrero de 2008
Nietzsche, el pesimismo y la creatividad
Sentemos las bases. ¿Qué es el pesimismo? El mero pronunciamiento de la palabra nos hace entonar los sones marciales de un sentimiento que, por excelencia, cantan los psicólogos, esos voraces lectores de mentes ajenas. Y claro, de inmediato pensamos en los caractéres psicológicos que el "pesimismo" como tal tiene en nosotros. Es una suerte de apatía, una consideración negativa al porvenir y al futuro, es un encerrarse en sí mismo en una cápsula gaseosa y maloliente que no sólo nos ahoga, sino que nos emboba la vista y los sentidos, perdiendo la noción que "allá afuera" se encuentra lo real, que no es necesariamente un "optimismo", pero sí algo verdadero. De más está decir, por tanto, que la acción pesimista es de por sí algo vacío, un ser intrascendente que redunda en las consideraciones personales-negativas que de suyo tiene todo hombre pesimista.
Ahora bien, el pesimista - por cierto - vive una realidad que en esencia no es la que le correspondería vivir. Su realidad, como se dijo, es una cápsula, un cubo transparente que nos engaña, ya que, aún cuando pretendiese considerarse la transparencia como un elemento que no nos separa de la realidad... ¡igualmente podemos ver los vértices del cubo! Con todo, el pesimismo se engaña a sí mismo mediante una curiosa autoeliminación que no es más que la "forma" de una benigna pero, paradójicamente, terrible transparencia. Terrible no por lo que el pesimismo nos obliga a hacer, más bien, porque nos amordaza frente a lo que es propiamente nuestro: el actuar libre y verdadero en la auténtica realidad.
Así, el pesimismo pasa a ser el elemento "árbitro", es decir, aquel frente a lo cual la realidad se enmarca, se "encuba", se ahoga, pero se hace - por así decir - clara y transparente. De alguna manera, entonces, lo pesimista se representa análogamente con Apolo, dios que "ilumina", que "figura" y "forma", pero que lo hace desde una perspectiva aparencial, no verdadera. ¿Y acaso los griegos no percibían esta trampa tragi-cómica de sus vidas? ¿Acaso no se vangloriaban con la rectitud de sus instituciones y la altitud de sus ciudadanos? ¡Claro que sí! pero estaban en un estado que les adormecía y los hacía adorar la grandiosidad de sí mismos. Apolo también es el opio, Apolo "forma" a esos hombres y "figura" esos palacios. Pero el opio se desvanece y el letargo también pasa a la vitalidad, ahora, antes del precipicio onírico de la realidad, aparece Sileno con su megáfono gritando: ¡Griegos, despierten!
Así como se necesita el descanso después del ejercicio, también se necesita del estado adecuado para ponerse a ejercitar. Puede sonar gracioso, pero el "acondicionador físico", es decir, aquel que con entusiasta alegría y una casi patológica energía viene a despertar a los individuos embobados por la contemplación figurativa, aquel que trae las odas a la alegría y la fanfarrea de una orquesta de mil músicos es Dionisos. ¡Qué terror debieron sentir aquellos griegos que en ese estado de estupidez aritmética fueron remesidos por una furia ardiente de trompetas y animales!... pero qué alivio posterior, qué energía intensa, qué endulzante sabroso nos traía Dionisos. Precisamente, él nos despierta, y por él damos cuenta que estamos destinados a algo más grande y superior. Ya no estamos para que se nos forme, ahora nosotros estamos capacitados para crear, desde nuestra propia interioridad, el himno Dionisíaco-embriagante de la belleza verdadera. Tal cual. Sin prefiguraciones ni delimitaciones arbitrarias ¡hagamos música! - exclama Dionisos - y así como con Apolo se hizo la luz, con Dionisos se hizo la música.
¿Qué significa todo esto? que la creatividad supone un estado distinto, inferior, y de lo qe se necesita es de un remesón "Silénico" que nos saque de las formas y figuras, de la racionalidad y las leyes, porque solo creamos cuando somos realmente libres.
Ahora bien, el pesimista - por cierto - vive una realidad que en esencia no es la que le correspondería vivir. Su realidad, como se dijo, es una cápsula, un cubo transparente que nos engaña, ya que, aún cuando pretendiese considerarse la transparencia como un elemento que no nos separa de la realidad... ¡igualmente podemos ver los vértices del cubo! Con todo, el pesimismo se engaña a sí mismo mediante una curiosa autoeliminación que no es más que la "forma" de una benigna pero, paradójicamente, terrible transparencia. Terrible no por lo que el pesimismo nos obliga a hacer, más bien, porque nos amordaza frente a lo que es propiamente nuestro: el actuar libre y verdadero en la auténtica realidad.
Así, el pesimismo pasa a ser el elemento "árbitro", es decir, aquel frente a lo cual la realidad se enmarca, se "encuba", se ahoga, pero se hace - por así decir - clara y transparente. De alguna manera, entonces, lo pesimista se representa análogamente con Apolo, dios que "ilumina", que "figura" y "forma", pero que lo hace desde una perspectiva aparencial, no verdadera. ¿Y acaso los griegos no percibían esta trampa tragi-cómica de sus vidas? ¿Acaso no se vangloriaban con la rectitud de sus instituciones y la altitud de sus ciudadanos? ¡Claro que sí! pero estaban en un estado que les adormecía y los hacía adorar la grandiosidad de sí mismos. Apolo también es el opio, Apolo "forma" a esos hombres y "figura" esos palacios. Pero el opio se desvanece y el letargo también pasa a la vitalidad, ahora, antes del precipicio onírico de la realidad, aparece Sileno con su megáfono gritando: ¡Griegos, despierten!
Así como se necesita el descanso después del ejercicio, también se necesita del estado adecuado para ponerse a ejercitar. Puede sonar gracioso, pero el "acondicionador físico", es decir, aquel que con entusiasta alegría y una casi patológica energía viene a despertar a los individuos embobados por la contemplación figurativa, aquel que trae las odas a la alegría y la fanfarrea de una orquesta de mil músicos es Dionisos. ¡Qué terror debieron sentir aquellos griegos que en ese estado de estupidez aritmética fueron remesidos por una furia ardiente de trompetas y animales!... pero qué alivio posterior, qué energía intensa, qué endulzante sabroso nos traía Dionisos. Precisamente, él nos despierta, y por él damos cuenta que estamos destinados a algo más grande y superior. Ya no estamos para que se nos forme, ahora nosotros estamos capacitados para crear, desde nuestra propia interioridad, el himno Dionisíaco-embriagante de la belleza verdadera. Tal cual. Sin prefiguraciones ni delimitaciones arbitrarias ¡hagamos música! - exclama Dionisos - y así como con Apolo se hizo la luz, con Dionisos se hizo la música.
¿Qué significa todo esto? que la creatividad supone un estado distinto, inferior, y de lo qe se necesita es de un remesón "Silénico" que nos saque de las formas y figuras, de la racionalidad y las leyes, porque solo creamos cuando somos realmente libres.
sábado, 16 de febrero de 2008
La Regla de los 15
Estuve teorizando con un amigo a propósito de la belleza. Llegamos a una conclusión absolutamente superficial, poco profunda, ingenua, insolente y antipática para muchos. No obstante, creo que tiene una utilidad práctica que permite - dicho sea de paso - cierto tipo de comprensión para explicar las causas que llevan a hombres y mujeres a formar pareja. ´
La teoría parte de un punto total y completamente debatible. Incluso más, pensándolo bien, ahora creo que nuestra teoría esteticista no tiene ningún sustento, y más bien parece una burla a cualquier tipo de rigor intelectual. Sin embargo voy a contarla igual, total no se pierde nada. Para empezar, partimos de la base que es posible cuantificar, en un espectro numérico arbitrario, los rangos de belleza física personal desde lo menos bello (lo feo) a lo más bello (lo que deja con la boca abierta). Si se concede este punto, cuestión que yo ahora no haría pero qué diablos, si se concede el punto digo, podemos dar un paso más y explicar porqué las personas buscan de determinado tipo de parejas desde el punto de vista físico y no otro.
Supongamos que el valor mínimo que puede tener nuestra escala es 1. En otras palabras, el número 1 representa a la persona más fea que exista, la horripilancia máxima, la fealdad en su máxima expresión. Ya sé qué me van a decir: que la belleza (y la fealdad por consiguiente) es una cuestión de gustos subjetivos y que es imposible encasillar bajo criterios numéricos un asunto de esta naturaleza. Ok. Pero sigamos el juego por un rato. Además ya dije que ni yo mismo creo en esta teoría pero qué más da. Ya. Ahora, por el otro lado, supongamos que el número 100 representa la belleza más absoluta. No sé pues, digamos que, a ver... ya, digamos que Angelina Jolie es 100 por decir algo nomás. Finalmente, hagamos cuenta que la belleza física entre ambos sexos es comparable. Es decir, que también habrá un hombre con puntaje máximo y mínimo.
La conclusión, por tanto, es que en un rango de belleza del 1 al 100 ninguna persona se emparejará con alguien que esté al menos 15 puntos de distancia de su propia puntuación. O sea, si alguien es 60 jamás estará con alguien 45 (ya es muy fea para él), ni tampoco con alguien 75 (ya le es inalcanzable). Puede estar ciertamente con cualquiera de los rangos intermedios. Por eso yo siempre he dicho que las parejas se parecen. Vale decir, no es que tengan parecido físico, pero sí se encuentran en una escala estética similar; y por la misma razón nunca vemos a un feo con una belleza despampanante (y viceversa). Obviamente esto es suponiendo que no hay intereses del tipo mujer de baywatch que quiere al viejo texano por plata. Por otro lado, esta "teoría" implica que los rangos máximos sólo pueden optar por alguien con su misma puntuación o hacia abajo (en el caso de 100), o hacia arriba (en el caso de 1).
La teoría parte de un punto total y completamente debatible. Incluso más, pensándolo bien, ahora creo que nuestra teoría esteticista no tiene ningún sustento, y más bien parece una burla a cualquier tipo de rigor intelectual. Sin embargo voy a contarla igual, total no se pierde nada. Para empezar, partimos de la base que es posible cuantificar, en un espectro numérico arbitrario, los rangos de belleza física personal desde lo menos bello (lo feo) a lo más bello (lo que deja con la boca abierta). Si se concede este punto, cuestión que yo ahora no haría pero qué diablos, si se concede el punto digo, podemos dar un paso más y explicar porqué las personas buscan de determinado tipo de parejas desde el punto de vista físico y no otro.
Supongamos que el valor mínimo que puede tener nuestra escala es 1. En otras palabras, el número 1 representa a la persona más fea que exista, la horripilancia máxima, la fealdad en su máxima expresión. Ya sé qué me van a decir: que la belleza (y la fealdad por consiguiente) es una cuestión de gustos subjetivos y que es imposible encasillar bajo criterios numéricos un asunto de esta naturaleza. Ok. Pero sigamos el juego por un rato. Además ya dije que ni yo mismo creo en esta teoría pero qué más da. Ya. Ahora, por el otro lado, supongamos que el número 100 representa la belleza más absoluta. No sé pues, digamos que, a ver... ya, digamos que Angelina Jolie es 100 por decir algo nomás. Finalmente, hagamos cuenta que la belleza física entre ambos sexos es comparable. Es decir, que también habrá un hombre con puntaje máximo y mínimo.
La conclusión, por tanto, es que en un rango de belleza del 1 al 100 ninguna persona se emparejará con alguien que esté al menos 15 puntos de distancia de su propia puntuación. O sea, si alguien es 60 jamás estará con alguien 45 (ya es muy fea para él), ni tampoco con alguien 75 (ya le es inalcanzable). Puede estar ciertamente con cualquiera de los rangos intermedios. Por eso yo siempre he dicho que las parejas se parecen. Vale decir, no es que tengan parecido físico, pero sí se encuentran en una escala estética similar; y por la misma razón nunca vemos a un feo con una belleza despampanante (y viceversa). Obviamente esto es suponiendo que no hay intereses del tipo mujer de baywatch que quiere al viejo texano por plata. Por otro lado, esta "teoría" implica que los rangos máximos sólo pueden optar por alguien con su misma puntuación o hacia abajo (en el caso de 100), o hacia arriba (en el caso de 1).
lunes, 11 de febrero de 2008
Cálculo Renal (la peor noche de mi vida)
Dante se equivocó rotundamente. Y yo también. La verdad no estoy muy seguro si, al morir, se abrirá la tierra o ascenderé al cielo; uno que otro pecado de esos bien chiquitos he cometido en mi vida, pero lo que tengo clarísimo es que ya sé lo que me espera si me llegase a pillar el señor de tridente. Lo más difícil es intentar encontrar palabras para describirlo, así que partiré desde el principio principio.
Tipo 9:00pm de la semana pasada empiezo con una "molestia" en la espalda. Ni siquiera da para molestia, pero lo menciono por si acaso. Sin hacer mucho caso me dediqué a ver televisión y leer un poco antes de dormir. Gran sorpresa me esperaba. Cerca de las 12:00 la molestia se había transformado en incomodidad, y ésta había pasado más temprano que tarde a ser dolor con todas sus letras. Pero todo el mundo ha tenido un dolor, así que no es para preocuparse. De hecho pensé que era algo muscular o cualquier otra cosa. Pero no. Ya que el dolor experimentó un mutación apocalíptica y se transformó en otra cosa. Y ya no era dolor, era literalmente tortura china. Y lo que se soportaba ya era insoportable, y los gemidos un tanto minimizados por la incredulidad se cambiaban por gritos de loco. No hay exageración alguna: imagínense que alguien les está tratando de sacar el riñón con una cuchara y que mientras tanto otros cuantos les clavaran 3 cuchillos a la misma altura, y que además les tiraran ácido, les trituraran los órganos y les insertaran agujas por doquier. Multipliquen por 10 y tendrán una idea vaga de la experimentación tortuosa.
Lamentablemente la vida de soltero también me pasa la cuenta. Como vivo solo no tenía a nadie que me ayudara. Era absolutamente imposible manejar por lo que tampoco podía ir a alguna urgencia de un hospital en mi auto. En el estado infernal en que me encontraba aún alcanzaba a recordar uno de los consejos para aliviar este tipo de dolores: llenar una tina con agua hirviendo y sumergirse en ella. Dicho y hecho. El agua caliente logró aliviar por cinco minutos el dolor pero lueguito se pasó y seguimos en lo mismo. El dolor era total y absolutamente insoportable. Cómo será el asunto que en ese momento tenía dos tipos de pensamientos. El primero hacía referencia a un deseo voluntariamente suicida y que, en pocas palabras, decía: "mátenme ahora ya!"; el segundo eran todo tipo de vascilaciones existenciales ligadas a la no existencia de Dios y cosas por el estilo, además de imploraciones al cielo por el término de la crueldad.
Eran las 2:00am y realmente estaba pensando en tirarme por la ventana. Sin embargo, la razón pudo más y con un esfuerzo sobrehumano me incorporé para llamar por teléfono a un amigo que vivía cerca para que pudiera ayudarme. Con más instinto que observación disqué el número y me atiende él. Lo único que atino decirle es: "cal.... aaarrghhh... cal... cálculo... cálculo renal... ayu.... ayuda.... uuoooohhh... ayúdameeee!!!" Imagínense el numerito. Por suerte mi amigo entendió de inmediato. En unos 15 minutos estaba en la puerta de mi departamento; había pasado a una farmacia a comprar un analgésico el cual recibí con lágrimas en los ojos. En un dos por tres me tomé el analgésico y quedamos de esperar 20 minutos para ver se hacía efecto, en caso contrario partiríamos a una clínica. Cual pócima milagrosa el dolor comenzó a mermar y en media hora habíamos vuelto a un dolor absolutamente soportable. Una hora más tarde el dolor bajó otro nivel y quedé con una molestia. Sin poder dormir, y siendo ya las 4:00am me dediqué a tomar líquido, líquido, líquido.
Cerca de las 8:00am fui al baño y boté la piedra. Era del porte de un grano de pimienta...
Tipo 9:00pm de la semana pasada empiezo con una "molestia" en la espalda. Ni siquiera da para molestia, pero lo menciono por si acaso. Sin hacer mucho caso me dediqué a ver televisión y leer un poco antes de dormir. Gran sorpresa me esperaba. Cerca de las 12:00 la molestia se había transformado en incomodidad, y ésta había pasado más temprano que tarde a ser dolor con todas sus letras. Pero todo el mundo ha tenido un dolor, así que no es para preocuparse. De hecho pensé que era algo muscular o cualquier otra cosa. Pero no. Ya que el dolor experimentó un mutación apocalíptica y se transformó en otra cosa. Y ya no era dolor, era literalmente tortura china. Y lo que se soportaba ya era insoportable, y los gemidos un tanto minimizados por la incredulidad se cambiaban por gritos de loco. No hay exageración alguna: imagínense que alguien les está tratando de sacar el riñón con una cuchara y que mientras tanto otros cuantos les clavaran 3 cuchillos a la misma altura, y que además les tiraran ácido, les trituraran los órganos y les insertaran agujas por doquier. Multipliquen por 10 y tendrán una idea vaga de la experimentación tortuosa.
Lamentablemente la vida de soltero también me pasa la cuenta. Como vivo solo no tenía a nadie que me ayudara. Era absolutamente imposible manejar por lo que tampoco podía ir a alguna urgencia de un hospital en mi auto. En el estado infernal en que me encontraba aún alcanzaba a recordar uno de los consejos para aliviar este tipo de dolores: llenar una tina con agua hirviendo y sumergirse en ella. Dicho y hecho. El agua caliente logró aliviar por cinco minutos el dolor pero lueguito se pasó y seguimos en lo mismo. El dolor era total y absolutamente insoportable. Cómo será el asunto que en ese momento tenía dos tipos de pensamientos. El primero hacía referencia a un deseo voluntariamente suicida y que, en pocas palabras, decía: "mátenme ahora ya!"; el segundo eran todo tipo de vascilaciones existenciales ligadas a la no existencia de Dios y cosas por el estilo, además de imploraciones al cielo por el término de la crueldad.
Eran las 2:00am y realmente estaba pensando en tirarme por la ventana. Sin embargo, la razón pudo más y con un esfuerzo sobrehumano me incorporé para llamar por teléfono a un amigo que vivía cerca para que pudiera ayudarme. Con más instinto que observación disqué el número y me atiende él. Lo único que atino decirle es: "cal.... aaarrghhh... cal... cálculo... cálculo renal... ayu.... ayuda.... uuoooohhh... ayúdameeee!!!" Imagínense el numerito. Por suerte mi amigo entendió de inmediato. En unos 15 minutos estaba en la puerta de mi departamento; había pasado a una farmacia a comprar un analgésico el cual recibí con lágrimas en los ojos. En un dos por tres me tomé el analgésico y quedamos de esperar 20 minutos para ver se hacía efecto, en caso contrario partiríamos a una clínica. Cual pócima milagrosa el dolor comenzó a mermar y en media hora habíamos vuelto a un dolor absolutamente soportable. Una hora más tarde el dolor bajó otro nivel y quedé con una molestia. Sin poder dormir, y siendo ya las 4:00am me dediqué a tomar líquido, líquido, líquido.
Cerca de las 8:00am fui al baño y boté la piedra. Era del porte de un grano de pimienta...
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