He estado pendiente de la campaña presidencial en Estados Unidos. Y una de las cosas que más me llaman la atención es el común reconocimiento, por parte de todos los candidatos, acerca de la imagen estadounidense en el exterior. Se dice que en un pasado no muy lejano la imagen de Estados Unidos era la de un país con liderazgo, que la comunidad internacional buscaba imitar, que era el depositario de los ideales de libertad y la democracia. No obstante, tras un atentado y una de las presidencias más horrorosas de la historia, Estados Unidos es percibido únicamente como el abusador del curso, como un país que predica pero no practica, como un país desinteresado por el destino de la comunidad internacional, cínico, sucio, irritador, cruel, y otros tantos calificativos del mismo orden. Las razones, a mi juicio, son tanto teóricas como prácticas. Por un lado, Estados Unidos pone los ojos en blanco y toma el estrado apologético contra el calentamiento global y la defensa al medio ambiente. ¿Resultado? No firman el Protocolo de Kyoto.
Estados Unidos rasga vestiduras, pone el grito en el cielo y afirma su compromiso milenario e ineludible con la libertad y los derechos humanos. ¿Resultado? No suscribe el acuerdo que instaura la Corte Penal Internacional, y de pasadita entierra y trapea el piso con los tratados de Ginebra respecto de la protección de los prisioneros de guerra (Abu Ghraib incluido).
Estados Unidos, megáfono en mano, grita y clama por ayuda a la comunidad internacional para que el gobierno de Saddam Hussein llegue a su fin y se acabe con el sufrimiento de miles de iraquíes reprimidos por el gobierno. ¿Resultado? Sentarse a comer palomitas de maíz y ver el Super Bowl mientras se matan a miles en Burma y se torturan a otros cuantos en Zimbawe. Estados Unidos escribe verdaderos poemas políticos acerca de la amistad de los pueblos y de la importancia de estrechar lazos con los países que compartan sus valores. ¿Resultado? Ninguna alusión a una política exterior orientada hacia la región latinoamericana por parte de los candidatos.
Punto y aparte merece el señor Bush. No mucho más puede decirse del desastre que significó su presidencia, de los errores garrafales que cometió su administración, de la inaudita falta de preparación intelectual de quien supuestamente gobierna al país más poderoso del mundo. Ciertamente será la Historia quien lo juzgará pero – qué duda cabe – se le ubicará más cerca del Tánathos griego que del Valhalla vikingo.
Es de esperar que el futuro depare un giro en el país del norte.
2 comentarios:
Son las históricas intromisiones de los grandes imperios, sólo que dependiendo el proceso politico, es como se decide cuál es la forma de hacer dichas violaciones...
Es sólo historia.
Un abrazo, no te pierdas!!
mm nada por aquí??
mm nop!
parece que no
cuándo?
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