domingo, 30 de diciembre de 2007

Fin de Año

Estuve de cumpleaños hace un par de días. Y no me puedo quejar. Acercándome peligrosamente a las tres decenas creo que me arrepiento de poquísimas cosas, asunto del todo milagroso tomando en cuenta el pesimismo reinante de los tiempos presentes. Obviamente hay un millón de cuestiones que podría haber hecho mejor viéndolo en retrospectiva; pero como esa frasecita que dice "todo lo que pasa, pasa por algo" me cae como patada en la guata, ya que siempre la relaciono con personas que viven lamentándose acerca de lo que pasó y pensando en el pasado más que en el futuro, prefiero caer nuevamente en el pragmatismo que me caracteriza y decir que las cosas son así y punto.

Como que todo el mundo habla acerca del año que se va. Noticieros y personajes ad hoc comentan por doquier los rankings del año, "noticias que causaron impacto" y cosas por el estilo. Prefiero ir contra la corriente y olvidar rapidito este año y que el próximo llegue luego. No porque haya sido un mal año (aunque si hubiese que ponerle nota tendría un cinquito, así, mediocre nomás) pero porque se empieza más o menos desde cero. Se pueden volver a reiterar esas metas mentales que nadie termina cumpliendo y abrigar esperanzas en aquellas materias de necesidad (amor, trabajo, salud... usted decida). Por mi parte las metas no son muchas y prefiero que se mantegan genéricas, como para abarcar la mayor cantidad de asuntos posibles: que el próximo año sea mejor que este y que traiga felicidad. Lo que sí creo es que este es el último post del año. Y trataré de actualizar este espacio de manera más seguida aunque - debo reconocerlo - no pensé que iba a durar lo que ha durado. Hay un par de mails de personas de nombre sin apellido que recibí con alegría, y que, aún cuando los respondí de manera personal hago publico mis agradecimientos no sólo por leer todas mis estupideces y ser parte del minúsculo grupo de personas que me visita, sino por darse el tiempo de escribirme a mi casilla electrónica (gringuita incluida). Es de esperar que las ganas de seguir por estos lados no se extingan con la llegada del nuevo año. Nos vemos luego.

Samuel

jueves, 20 de diciembre de 2007

Hormigas

Hoy me detuve a pensar en la vida en sociedad. En realidad divagué sobre cosas obvias, pero cuando nos tomamos el tiempo suficiente para apreciar lo que está ahí mismo, transparentemente frente a nuestros ojos, termina habiendo (para mí al menos) una sensación de pequeñez e infinitud al mismo tiempo. Pensar que todas las personas, absolutamente todas, tienen miles de historias, ideas, pensamientos, secretos. No sé, suena ridículo ahora que lo escribo. Es evidente. Pero pensar en eso me hace tener un sentido de humildad y de ansiedad. Lo primero porque nos procupamos con exceso de nosotros mismos, cuestión natural por lo demás, pero que a veces nos encierra en un individualismo chanta; y lo segundo porque dan ganas de conocer esas historias e ideas. Conocer gente, desde cero y sin ningún tipo de compromiso. A veces me pregunto qué pasaría si forzara algo así... mandar un mail a alguien que no conozco, llamar a un teléfono desconocido. Probablemente sería, ipso facto, catalogado como un loco de patio, de esos que usan camisas de fuerza. En fin, tonteras nomás.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Defensa Corporativa al Género Masculino

Tal vez sea por interacciones recientes que han salido catastróficamente mal, o por sutiles influencias de múltiples opiniones sobre el tema, pero la verdad es que hay que aclarar (y desmitificar dicho sea de paso) una serie de afirmaciones que, con mayor o menor énfasis, se dan ocasionalmente sobre nosotros. Hablo en plural porque este es un asunto comentado, explorado, tangencialmente analizado por grupos compactos de hombres de todas las edades, y que siempre concluyen en esa distancia sideral que nos separa con ellas en casi todo tipo de cosas. En general, debido a estas evoluciones cósmicas de la humano y lo divino, está de moda la protección intelectual - por así decir - de la femeneidad. Todo esto está muy bien, pero se siguen transmitiendo, de generación en generación y por los siglos de los siglos amén, una percepción unidireccional que nos deja muy mal parados. Esto, evidentemente, se basa en concepciones antagónicas entre lo que se espera y lo que se obtiene. Pero, al final del día, cuando la papa está cocida, las mujeres enjuician, comentan, critican, "pelan", descuartizan y trapean el piso con un estereotipo ideal conocido como "hombre". Este universal se come todos y cada uno de los dardos dirigidos individualmente, con nombre y apellido. Es hora, por lo tanto, que con hidalguía, mente fría, y una cuota no menor de valentía se defienda a este género tan maltratado en el último tiempo. Primero, se desmitificaran alguno de los errores de percepción más comunes en torno a nosotros, y después (en un post futuro) daré algunos consejos prácticos. Sugiero que - si usted es mujer y padece de hipersensibilidad o exceso de feminismo - deje de leer de inmediato, ya que saldrán a la luz verdades que pueden molestarla.

Desmitificando Mitos:

1. "El (inserte nombre masculino) no me escucha". Si hubiera que dar un premio a la mentira deliberada esta frase se los llevaría todos. Hordas completas de mujeres han usado hasta el cansancio este práctico comodín. La razón es obvia: se desligan de cualquier responsabilidad y multiplican la nuestra de forma exponencial. La verdad de las cosas es completamente distinta. No sólo las escuchamos sino que prestamos atención real a lo que ella está diciendo. Lo que sucede es que hay afirmaciones o preguntas que no merecen comentario ni respuesta. El hombre SIMPLIFICA. ¿Para qué contestar a una provocación si se puede salir del embrollo con una mueca, o una pequeña sonrisa? ¿Usted le haría una pregunta de física cuántica a Claudio Borghi? Bueno, nosotros NO somos competentes en esteticismo sui generis, combinaciones de vestimenta, colores de zapato, o tipos de maquillaje. La palabra escuchar es bien sencilla, significa oír, punto. No significa reaccionar frente a lo que se escucha, ese es un invento femenino. La crítica, por tanto, tendría algo más de sentido se fuese el hombre no responde de la manera que YO QUIERO una vez que le he dicho algo.

2. El (inserte nombre masculino) no me entiende: A ver, los hombres buscan soluciones. Si hay algo que que no funciona no nos quedamos de brazos cruzados: lo ARREGLAMOS. Si nos cuentan un problema vamos a buscar una SOLUCION, eso es lo que hacemos. La solución puede no gustarle, el método tampoco, pero buscaremos algo que la saque del problema. Abrazar cuando usted está llorando no es una solución. Decirle que todo está bien tampoco es una solución. ¿Usted cree que somos tan jetones para reiterar y repetir hasta el cansancio el "qué te pasa"? No pues, tiene un razón práctica. Necesitamos informarnos sobre el problema y analizarlo. El abrazo y las palabras de aliento vendrán cuando concluyamos que el problema no tiene solución alguna, es decir, cuando se encuentre hasta el horto.

Más adelante, siguiendo la lógica de la Guía Comprensiva para Conquistar una Mina, post publicado en Octubre y que no tuvo ningún tipo de éxito, elaboraré una guía de consejos para ellas, como forma de hacer de las interacciones intra género un fenómeno más fluido. Mientras tanto lo dejo hasta acá.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Sobre la pérdida de la Amistad

Este post no pretende caer en los sentimentalismos púberes de épocas pasadas, cuando las relaciones quinceañeras se nutrían bajo fenómenos del tipo "ley del hielo", "marcas del indio" y cosas por el estilo, es más bien una pregunta abierta. Porque resulta sorprendente la dinámica humana de relacionarse con el otro hasta formar una de esas entelequias gaseosas denominada "amistad". Prácticamente todo el mundo tiene amigos, y ciertamente todos, por las más diversas razones ha perdido uno. Y cuando la tristeza se reemplaza por la melancolía, y cuándo ésta se reinventa en recuerdos difuminados que nos sacan una sonrisa, uno puede tener la calma y la madurez de preguntarse por qué las cosas son como son y fueron como fueron. Y para ser más específico aún, no me refiero a esas amistades rotas porque al jetón se le ocurrió meterse con la polola del amigo, o porque la amiga, en una de esas ocasiones donde la razón se ve reemplazada por el enojo (copete incluido), habla mal de su otrora amiga, ni menos cuando una de las partes recibe una puñalada por la espalda - en sentido figurado - de cualquier tipo. Me refiero más bien a esas amistades cuyo término no se ubica en un evento puntual, sino que se debe a la suma de factores, muchos de los cuales son intrascendentes, pero que por razones desconocidas generan de manera espontánea una verdadera espada de Demócles que cuelga sobre el hilo que sujeta la amistad. Tarde o temprano la espada cae y el hilo se corta. Raro. Por decir lo menos.

Lo que sucede es que nunca me han gustado las razones que le hechan la culpa al tiempo, como si el paso del tiempo fuese causa de un deterioro que nació unido inherentemente a una relación, y que si hubiésemos de detener la temporalidad, nada de eso ocurriría. Al revés diría yo: el tiempo creo que actúa más a favor, por cuanto la amistad se afianza y fortalece con su paso. Y, sin embargo, ahí nos encontramos todos, perdiendo y ganando amigos todo el tiempo. Muchas veces preguntándonos razones y buscando eventos puntuales que expliquen la pérdida. La verdad no tengo muchas explicaciones de orden trascendental o filosófico, pero creo que encontré un argumento más ligado al pragmatismo de la vida diaria. Éste dice que las personas se reúnen y elaboran una relación a partir de cuestiones que pueden o no ser definibles, pero que para las partes queda relativamente claro. No creo que las relaciones surjan de la nada, es decir, incluso estas palabras que aluden a la intangibilidad y a una imposibilidad de dar explicación, como "química" u "onda" o alguna de esas, implican una relación entre las partes. Se relacionan por eso, pero otra veces porque comparten gustos, personas, sentiemientos, y un largo etcétera. Y cuando ese compartir se ha estrujado hasta el cansancio y ya no da más jugo; cuando tampoco se han encontrado maneras de compartir nuevas, bueno, la relación se deteriora y Demócles guiña el ojo.

Porque - en esto no hay que caer en la candidez - hay cierta intencionalidad a la hora de relacionarse con los demás. Esa palabra, tan masacrada el último tiempo, no significa que estemos realizando cálculos siniestros cuando nos encontramos con el otro. Pero sí de intentar e intencionar una situación fructífera para ambos, y muchas veces más para el otro que para uno. El problema es que la intención muchas veces puede ser semejante, pero no idéntica, o parecida pero esencialmente contradictoria. Se confunde carretear o pasarlo bien con amistad, y se confunde la amistad con la cama. Y cuando no hay carrete ni cama, se deshace el sustento mismo de la relación. Las personas tienen finalidades distintas a la hora de establecer cualquier tipo de relación, y la amistad me imagino que nace, se nutre y permanece cuando esa finalidad es la de compartir parte de la vida con el otro, por trivial e insignificante que sea, y que el otro concuerde en dicho fin. Al final por eso creo que se cuentan con los dedos de la mano. Y por eso es tan frecuente alejarse y acercarse de un sinfín de personas en un período no muy largo de tiempo. Ojo que la espada está mirando.

jueves, 6 de diciembre de 2007

El Consejero

Miren. ¿Se han dado cuenta de esos rasgos de personalidad que pueden ser virtudes o defectos dependiendo de cómo se mire? Bueno, en esas autoevaluaciones mentales que con mayor o menor frecuencia se hacen una vez que ponemos la testa en la almohada, cuando la ciudad está durmiendo hace rato, y cuando las alternativas sólo se reducen a contar ovejas o a divagar entre preocupaciones o reflexiones (da lo mismo a estas alturas), caí en cuenta que hay un defecto o virtud, dependiendo de cómo se mire, que me cae como anillo al dedo: Digo las cosas tal cual son. Sin anestesia, como dicen los periodistas deportivos. Porque, al final, si falta claridad lo único que existe es confusión; y entre darme vueltas retóricas para decir de forma lacónica más o menos lo mismo, aunque sin tanta elegancia habría que añadir, prefiero inclinarme por el método "rápido y doloroso" más que por el "lento y agradable por un rato, pero doloroso igual, al fin y al cabo". El problema es que, al tratarse de la interacción entre personas, hay algunas que dado el caso y según las circunstancias, preferirían lo segundo a lo primero y consideran defecto éste a aquel. No obstante, las ecuaciones cósmicas están diciendo otra cosa porque, últimamente, el alineamiento planetario de personas buscando consejos de este tipo por parte de mí persona se ha multiplicado, lo que me hace pensar que transparentar la realidad de forma un tanto brusca y tosca no deja de ser virtud también.

Debo reconocer, en todo caso, que estoy exagerando. Cualquiera pensaría que ando con una pipa en mano comparando el precio de esos cómodos sillones para terapias psicoanalíticas (divanes creo que se llaman), pero no es tan así. Lo que sucede es que, de manera insólitamente coincidente, y con una diferencia de apenas un par de días, dos muy queridas amigas (siempre son mujeres la de los problemas) me han contactado para conversar, tomarse un copete y alejarse del mundillo problemático del vivir diario. Evidentemente que por respeto al anonimato de ellas no entraré en detalles, pero en términos generales lo que ellas veían como confuso, retorcido y atingente a más de una explicación, yo lo veía perfectamente claro y prístino.

De partida, y con todo el respeto que se pueda, las mujeres son hueonas. Así, tal cual. O sea, no es que sean esencialmente hueonas, pero tienen la tendencia a tropezar con la misma piedra con mayor probabilidad que su contraparte (nosotros). Y no hay mejor palabra de nuestro lenguaje coloquial para expresar esa situación. Lo lamento pero es verdad. Por tanto, y para poner un ejemplo analógico que no trasunte el problema real, si yo quiero comer, no sé, mariscos, y me dan alergia, y tengo que tomar antialérgicos, y paso la noche como las pelotas... ¿qué hago la próxima vez que me ponen un plato de mariscos? ¿No los como, cierto? Fácil, sencillo, nada que explicar aquí. El problema es que mis queridas amigas les da por seguir comiendo mariscos e intoxicándose con ellos. No una, ni dos, ni tres veces. Pareciera que piensan que si siguen comiendo mariscos generaran de manera espontánea una especie de mágicos anticuerpos que la protegerán la próxima vez que los coman. ¿Vieron que son hueonas? Métale comiendo mariscos, y sigamos sintiéndonos mal.

El consejo es, obviamente, clarísimo. Deja de comer los putos mariscos! Y es aquí cuando la virtud se transforma en defecto. Porque lo que para mí es claro como el agua, para ella, por esas razones que nadie va a entender jamás, no lo es tanto y me dice que los probará una última vez. Y cuando termina de pronunciar la "z" de la palabra "vez", me mira, como buscando apoyo, como queriendo palabras de aliento, que todo va a estar bien, que esta vez sí, que ahora los mariscos no le harán mal y que podrá comerlos felizmente por el resto de su vida. Pero no. Decir las cosas tal cual son dejan ese sabor amargo ya que no fomentan ese sentimieno tan humano llamado esperanza. Me encantaría llenarla de ilusión, pero el consejo es otro. Y las lágrimas van y vienen, y el consejo parece desnudar la pura y santa realidad. Basta de intoxicarse... cambia de plato o deja de comer del todo hasta nuevo aviso. Al final no sé qué sea mejor. Supongo que depende de lo que queramos escuchar. Porque - no hay que sacarse la suerte entre gitanos - en situaciones donde lo único que buscamos es aferrarnos con uñas y sangre a la esperanza, queremos un compañero que nos mantenga viva la ilusión. Sin embargo, cuando la tormenta ya pasó, probablemente se valorará mucho más el que exista alguien que nos haya dicho las cosas tal cual son. Todo, claro está, dependiendo de cómo se le mire.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Las Intermitencias de la Muerte

Comencé a leer este libro anteayer. Lo había recibido de regalo hace algún tiempo, pero ya tenía alguna literatura en lista de espera por lo que no tuve más opción que dejarlo momentáneamente de lado. En fin, más temprano que tarde le llegó su turno y ha sido una experiencia sumamente interesante. La forma en como Saramago describe las cosas, o como desarrolla los diálogos de los personajes me divierte, no en el sentido que me cause risa, pero sí en un sentido de agradable admiración.

El libro comienza con la siguiente frase: "Al día siguiente no murió nadie". Y bueno, de eso se trata precisamente. En un país ficticio, que bien podría ser cualquier país europeo de régimen parlamentario, con monarquía vigente, con triple frontera y sin salida al mar (todavía no pienso en aquellos países que cumplen con ese requisito), en ese país, digo, las personas, de un día para otro, dejaron de morir. La novedosa temática es desarrollada inteligentemente por el Premio Nobel, y lo que subyace a las historias de determinadospersonajes anónimos frente a la ausencia de la muerte (primeros ministros, directores de canales de televisión, agricultores y campesinos, cardenales, etc), es la reflexión imaginaria de un mundo que efectivamente no presenciara nunca a la muerte, con todos los efectos sociales, religiosos, filosóficos y prácticos que eso conllevaría. Ciertamente - y acá está la dualidad que observo en el relato - es que lo que podría tomarse como un milagro positivo, enriquecedor y provechoso para la humanidad, termina siendo un lastre, un problema y una situación que evidencia la "necesidad" de la muerte. Y en algún sentido, eso va justamente en contra de la sensación general del mundo moderno, cual es, la de alejar lo más posible al fenómeno de la muerte y a la muerte misma de todos. Al final, su ausencia permite demostrar justamente su categoría: no es un mal, ni una entidad extraña que hay que tratar con indiferencia. Es más bien una especie de requerimiento que sustenta, incluso, nuestros propios principios sobre la vida. En fin. Quizás hubiese sido mejor hacer un comentario cuando haya terminado de leerlo (voy más o menos en la mitad), pero qué diablos... Los dejo con las primeras palabras del libro

"Al día siguiente no murió nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas de la vida, causó en los espíritus una perturbación enorme, efecto a todas luces justificado, basta recordar que no existe noticia en los cuarenta volúmenes de la historia universal, ni siquiera un caso para muestra, de que alguna vez haya ocurrido un fenómeno semejante, que pasara un día completo, con todas sus pródigas veinticuatro horas, contadas entre diurnas y nocturnas, matutinas y vespertinas, sin que se produjera un fallecimiento por enfermedad, una caída mortal, un suicidio conducido hasta el final, nada de nada, como la palabra nada. ni siquiera uno de esos accidentes de automóvil tan frecuentes en ocasiones festivas, cuando la alegre irresponsabilidad o el exceso de alcohol se desafían mutuamente en las carreteras para decidir quién va a llegar a la muerte en primer lugar. El fin de año no había dejado tras de sí el habitual y calamitoso reguero de óbitos, como si la vieja átropos de regaño amenazador hubiese decidido envainar la tijera durante un día..."

lunes, 3 de diciembre de 2007

Las Apariencias... así y todo me gustaron los Transfomers!

Les voy a hablar con sinceridad: tengo un olfato canino para desenmascarar la apariencia. Y cuando lo hago, me quedo en completo silencio. ¿Por qué? Porque al final uno aprende mediante la observación y - con frecuencia - se divierte mediante los esfuerzos herculianos de quienes buscan ser algo que realmente no son y que siempre va en dirección positiva. Siempre buscan ser "más", independiente de lo que eso signifique individualmente.

No es algo que deba sorprender. Al menos no necesariamente. Parte de nuestra naturaleza es tratar de resolver de manera pacífica la ecuación hobbesiana de conflicto inherente. Y eso se hace agregando características que no tenemos, aumentando cualidades pigmeas de nuestra personalidad o, sencillamente, asintiendo frente a asuntos que no son de nuestra competencia. Y resulta curioso pensar seriamente en algo así. Recuerdo, por ejemplo, uno de esos cursos humanistas en mis primeros años de Universidad. Leímos a Fukuyama... autor conocido por eso del fin de la historia y otras chauchas. Pero lo más interesante (a mi juicio como siempre) no era tanto ese asunto, sino la reflexión sobre el "deseo de reconocimiento", idea hegeliana que Fukuyama recoge y que, en las palabras más sencillas que se me puedan ocurrir, se refiere a un deseo profundo de toda persona en que otros individuos reconozcan en él a alguien valioso. Y como no siempre se puede reconocer el valor de una persona así sin más, se explotan todo tipo de recursos para lograr ese objetivo: que los demás vean en nosotros el valor real o imaginario que proyectamos.

Por esa razón hay que parecer intelectual, culto, locuaz, simpático, amable, sociable, cariñoso, sincero, etc, etc, etc. Y por eso razón causa tanta sorpresa encontrarse con individuos que se toman la vida de manera transparente, sin tratar de aparentar nada y mostrándonse simplemente como son. Personas así, aunque suene cliché, realmente tienen un "ángel" especial, que muchas veces no es valorado, pero que otorga un anclaje realista frente a tanta fantasmagoría. Afortunadamente, el tiempo juega a favor de todos, ya que siento que con su paso aquellas apariencias que antaño se valoraban, no pasan a ser más que señales de inseguridad o de inmadurez. Siento que he avanzado en esa dirección y que, hoy en día, realmente me importa muy poco aparecer como inculto, idiota o antipático.

Días atrás, como para poner un ingrediente anecdótico a este aburrimiento, me encontraba en la casa de una amiga, con personas a las que no conocía muy bien. La conversación giraba en torno a grandes películas que se hayan visto por los presentes durante este año. Obviamente no faltaron aquellos que tomaron el estrado que Pericles había dejado vacante y comenzaron a recitar odas a las obras cinematográficas de Ingmar Bergman, Tarkovsky, Fellini y Cía. Cuando llegó mi turno no tuve más remedio que decir que la mejor película que había visto en el año eran los "Transfomers", momento en el cual los entendedores de cine giraron sus ojos en una vuelta de reloj completa y esbozaron una mueca ridícula que sólo podía significar "pobrecito". En mi mente todo era un carnaval de risas, las cuáles fueron acompañadas en silencio y de manera cómplice por otros integrantes de la conversación, ya que entendieron, sagazmente, que aparentar era un juego que para mí se había acabado hace rato.