Les voy a hablar con sinceridad: tengo un olfato canino para desenmascarar la apariencia. Y cuando lo hago, me quedo en completo silencio. ¿Por qué? Porque al final uno aprende mediante la observación y - con frecuencia - se divierte mediante los esfuerzos herculianos de quienes buscan ser algo que realmente no son y que siempre va en dirección positiva. Siempre buscan ser "más", independiente de lo que eso signifique individualmente.
No es algo que deba sorprender. Al menos no necesariamente. Parte de nuestra naturaleza es tratar de resolver de manera pacífica la ecuación hobbesiana de conflicto inherente. Y eso se hace agregando características que no tenemos, aumentando cualidades pigmeas de nuestra personalidad o, sencillamente, asintiendo frente a asuntos que no son de nuestra competencia. Y resulta curioso pensar seriamente en algo así. Recuerdo, por ejemplo, uno de esos cursos humanistas en mis primeros años de Universidad. Leímos a Fukuyama... autor conocido por eso del fin de la historia y otras chauchas. Pero lo más interesante (a mi juicio como siempre) no era tanto ese asunto, sino la reflexión sobre el "deseo de reconocimiento", idea hegeliana que Fukuyama recoge y que, en las palabras más sencillas que se me puedan ocurrir, se refiere a un deseo profundo de toda persona en que otros individuos reconozcan en él a alguien valioso. Y como no siempre se puede reconocer el valor de una persona así sin más, se explotan todo tipo de recursos para lograr ese objetivo: que los demás vean en nosotros el valor real o imaginario que proyectamos.
Por esa razón hay que parecer intelectual, culto, locuaz, simpático, amable, sociable, cariñoso, sincero, etc, etc, etc. Y por eso razón causa tanta sorpresa encontrarse con individuos que se toman la vida de manera transparente, sin tratar de aparentar nada y mostrándonse simplemente como son. Personas así, aunque suene cliché, realmente tienen un "ángel" especial, que muchas veces no es valorado, pero que otorga un anclaje realista frente a tanta fantasmagoría. Afortunadamente, el tiempo juega a favor de todos, ya que siento que con su paso aquellas apariencias que antaño se valoraban, no pasan a ser más que señales de inseguridad o de inmadurez. Siento que he avanzado en esa dirección y que, hoy en día, realmente me importa muy poco aparecer como inculto, idiota o antipático.
Días atrás, como para poner un ingrediente anecdótico a este aburrimiento, me encontraba en la casa de una amiga, con personas a las que no conocía muy bien. La conversación giraba en torno a grandes películas que se hayan visto por los presentes durante este año. Obviamente no faltaron aquellos que tomaron el estrado que Pericles había dejado vacante y comenzaron a recitar odas a las obras cinematográficas de Ingmar Bergman, Tarkovsky, Fellini y Cía. Cuando llegó mi turno no tuve más remedio que decir que la mejor película que había visto en el año eran los "Transfomers", momento en el cual los entendedores de cine giraron sus ojos en una vuelta de reloj completa y esbozaron una mueca ridícula que sólo podía significar "pobrecito". En mi mente todo era un carnaval de risas, las cuáles fueron acompañadas en silencio y de manera cómplice por otros integrantes de la conversación, ya que entendieron, sagazmente, que aparentar era un juego que para mí se había acabado hace rato.
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1 comentario:
Muchas gracias por tu visita. Yo también me pasaré con frecuencia por estos interesantes lares. Un saludo desde este lado del océano
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