lunes, 24 de noviembre de 2008

La Familia

Siempre he escuchado sobre la importancia que tiene la familia en la formación personal. En teoría (sí, en teoría), la persona que somos y que hemos llegado a ser, tiene un fundamento lejano en la formación que recibimos cuando niños. Esto porque los padres, en el proceso educativo, imponen reglas, criterios y verdaderas pautas de comportamiento moral, determinando lo bueno, lo malo, lo justo e injusto, y actuando en concordancia en la medida que dichas condiciones se cumplan: premiando cuando la adecuación va en coincidencia con sus parámetros de comportamiento (felicitando, animando, o dando una galleta); o castigando cuando el comportamiento va en dirección opuesta a la concepción de "bien" de los padres (retando, increpando o pegando un coscacho). He escuchado también que los hijos son un espejo de los padres, en el sentido que, al final, recibimos gran parte de sus propias pautas éticas pero además, nuevamente en teoría, también podríamos heredar lo negativo en tanto se presenta en el ambiente familiar un comportamiento objetivamente malo pero que es usual y tolerado. Esto lo comparto hasta ahí nomás, porque no creo que haya que descontar - así sin más - la cognición individual de los actos que cometemos y que, de manera consciente, podemos personalmente evaluar. El que un padre sea ladrón, deshonesto, interesado, cruel o envidioso no significa necesariamente que su hijo tenga que salir con las mismas características, pero puede ser una variable probabilística correlativa.

El último tiempo he estado pensando en la importancia de la familia. Esto se debe a que, por circunstancias que no valen la pena explicar acá, ésta ha estado relativamente ausente, o - más bien - no todo lo presente que me gustaría. Esto, a decir verdad, no significa mucho. No implica que tenga una mala familia o que ésta no cumpla con sus deberes inherentes (todo lo contrario); sino por la percepción subjetiva que nubla a veces los propios requerimientos personales. Pero, por otro lado, tengo la intuición personal que en términos culturales o sociales, ha habido un aumento de la prescindencia de la familia en nuestra época. Siento (sin tener ninguna prueba de lo que digo) que el individualismo gana la batalla, y que la ridícula asociación de la defensa familiar a ciertos grupos o instituciones añejas y pasadas de moda (léase la Iglesia) permiten que la desafección sea mirada con un cierto grado de orgullo y de triunfo del secularismo moderno. Obviamente cuestiones de esa naturaleza las encuentro graciosas - por decir lo menos - aunque no dejan de sorprenderme las historias familiares de la generación inmediatamente posterior a la mía, donde el ausentismo paterno y la indiferencia filial parecen ser la receta permanente.

De lo que me he dado cuenta es que la familia es radicalmente importante, quizás como ningún otro grupo humano lo sea. Creo que es algo que hay que proteger, que hay que incentivar, que hay que querer. Creo que, cuando uno va eliminando las capas superficiales de nuestra existencia social, es lo único que queda. Por la misma razón, aunque suene cursi y plagado de insípido romanticismo, uno de mis mayores metas a largo plazo es ser buen padre y formar una familia. Me parece que es una meta digna y me gustaría pensar que mi generación va hacia ese camino también.

jueves, 20 de noviembre de 2008

La Verdad buscada mediante alegoría

Heidegger otorga una visión radicalmente distinta y aclaradora respecto a la esencia de la verdad. Para él, la verdad es desocultamiento, advenimiento de lo que está-ahí-delante. La verdad es alumbramiento por un lado (del ente conocido supongo) y descubrimiento (del ente que se conoce). Esta manera de entender la verdad es completamente distinta a la manifestada por la tradición clásica y que era definida generalmente como "adecuación del intelecto a la cosa". Esta definición, a mi juicio, tiene un serio problema: el primero es que no es suficiente para aprehender el concepto de Verdad, y se queda, más bien, en una "manifestación" de aquello que es verdadero, esto es, en una adecuación del intelecto. ¿Pero qué es esta adecuación? ¿No se está dejando de lado el problema de la verdad sustituyéndola por el acto supuesto realizado por el entendimiento? ¿Y no es ésto, a su vez, una apreciación psicológica de lo realizado por el entedimiento al querer captar o aprehender el objeto?
En segundo lugar, la definición implícitamente deja de lado al objeto. Su intención es saber qué hace el entendimiento al conocer, pero no responde a lo que sea la verdad. La comunión que veo en Heidegger, entre un objeto que analógicamente viene ya desoculto y es descubierto por la apertura también esencial que signifia el Da-sein o ser-ahí, es rota en la definición clásica. el objeto queda únicamente como entidad pasiva recogida por el intelecto. lo que se olvida es aquello sobre lo que habla Heidegger: es absolutamente necesario que aquél ente que esta-ahí-delante venga ya ontológicamente determinado para poder ser aprehendido, es decir, que venga ya desoculto.
Toda esta aclaración pareciera ser de extrema importancia al preguntarse por el uso de la alegoría. En pocas palabras, la alegoría es un recurso filosófico para manifestar la verdad de la realidad. Pero eso no lo podemos dejar así tal cual. Es necesario aclarar qué se entiende por recurso pero, más importante, qué se entiende por verdad; y esto sólo es posible atendiendo a la esencia de la misma.
(Transcrito para no olvidar)

martes, 18 de noviembre de 2008

La Oportunidad

Siempre me causa gracia encontrarme con personas que - aparentemente - consideran que su vida entera es una demostración hacia los demás. Demostración de inteligencia o de facilidad de oratoria. Sea como sea, pueden transformar cualquier reunión trivial en discusiones trascendentales donde más vale responder con sabiduría. Esto en sí mismo no tiene nada de malo, pero implica una falta de entendimiento respecto de la oportunidad o la ocasión. Si llevo 3, 4 o 5 piscolas en mano, no voy a discutir acerca de John Stuart Mill o del fenómeno de intersubjetividad estructuralista, aunque para algunos eso signifique separar a quienes son respetables de quienes no lo son.
Mientras eso sucede yo me retuerzo de la risa. Como si hubiese que demostrar algo, estar a la altura, subirse arriba de la nube metafísica y escapar de los temas que sacuden la burda realidad (SQP incluido)...
Después de la risa respondo con ironía, citando en la medida de lo posible la última portada de las Últimas Noticias. En parte porque entiendo que no tengo nada que demostrarle a nadie y porque, al fin y al cabo, creo fielmente en la oportunidad de la conversación reflexiva cuyo desarrollo, por cierto, no involucra reuniones de relajo y diversión trivial.

viernes, 23 de mayo de 2008

Los sofistas del norte

He estado pendiente de la campaña presidencial en Estados Unidos. Y una de las cosas que más me llaman la atención es el común reconocimiento, por parte de todos los candidatos, acerca de la imagen estadounidense en el exterior. Se dice que en un pasado no muy lejano la imagen de Estados Unidos era la de un país con liderazgo, que la comunidad internacional buscaba imitar, que era el depositario de los ideales de libertad y la democracia. No obstante, tras un atentado y una de las presidencias más horrorosas de la historia, Estados Unidos es percibido únicamente como el abusador del curso, como un país que predica pero no practica, como un país desinteresado por el destino de la comunidad internacional, cínico, sucio, irritador, cruel, y otros tantos calificativos del mismo orden. Las razones, a mi juicio, son tanto teóricas como prácticas. Por un lado, Estados Unidos pone los ojos en blanco y toma el estrado apologético contra el calentamiento global y la defensa al medio ambiente. ¿Resultado? No firman el Protocolo de Kyoto.
Estados Unidos rasga vestiduras, pone el grito en el cielo y afirma su compromiso milenario e ineludible con la libertad y los derechos humanos. ¿Resultado? No suscribe el acuerdo que instaura la Corte Penal Internacional, y de pasadita entierra y trapea el piso con los tratados de Ginebra respecto de la protección de los prisioneros de guerra (Abu Ghraib incluido).
Estados Unidos, megáfono en mano, grita y clama por ayuda a la comunidad internacional para que el gobierno de Saddam Hussein llegue a su fin y se acabe con el sufrimiento de miles de iraquíes reprimidos por el gobierno. ¿Resultado? Sentarse a comer palomitas de maíz y ver el Super Bowl mientras se matan a miles en Burma y se torturan a otros cuantos en Zimbawe. Estados Unidos escribe verdaderos poemas políticos acerca de la amistad de los pueblos y de la importancia de estrechar lazos con los países que compartan sus valores. ¿Resultado? Ninguna alusión a una política exterior orientada hacia la región latinoamericana por parte de los candidatos.
Punto y aparte merece el señor Bush. No mucho más puede decirse del desastre que significó su presidencia, de los errores garrafales que cometió su administración, de la inaudita falta de preparación intelectual de quien supuestamente gobierna al país más poderoso del mundo. Ciertamente será la Historia quien lo juzgará pero – qué duda cabe – se le ubicará más cerca del Tánathos griego que del Valhalla vikingo.
Es de esperar que el futuro depare un giro en el país del norte.

miércoles, 23 de abril de 2008

El ejemplo debe darlo uno

He utilizado últimamente nuestro maravilloso transporte público de la capital santiaguina. La razón es exclusivamente por falta de alternativas. Me cambié de trabajo hace unas semanas y debo ir al centro, por lo que habría que estar completamente loco (que no me falta mucho en todo caso) para irse en auto. En fin, no es del "transporte público" en sí mismo sobre lo que quiero escribir. Por lo demás, creo que ya despotrique contra el Transantiago hace algunos meses atrás. Sólo quiero constatar dos cuestiones que me llaman la atención en estos viajes de mañana en jaulas llenas de gente.
La primera es lo apáticos que somos los chilenos. En un bus del Transantiago todos van mirando el suelo, con cara de pocos amigos, completamente en silencio y preocupados de los propios problemas. Está bien, está bien. Es plausible pensar que la razón de esa apatía radique en que es temprano, todos tienen sueño, a nadie le gusta movilizarse como animal, etc., pero también depende de uno intentar mejorar la situación. Y siempre es agradable contagiarse con alguien que se sube a los buses del Transantiago con buen humor y una sonrisa.
Esto me lleva a otra cosa. Lo poco que hacemos para mejorar la civilidad entre los demás. Todos se enojan con todos por las razones más absurdas y los gestos de amabilidad se cuentan con los dedos de una mano. Para qué hablar de los quinceañeros espinidullos que, a pesar que la viejita se está cayendo literalmente a pedazos, miran hacia abajo y siguen cómodamente sentados. Por eso, el ejemplo parte por uno mismo. Por ejemplo, la otra vez se subió una pareja y ella quedó sentada al lado mío, mientras que él quedó adelante. Yo, en un gesto de amabilidad natural, le dije se preferían sentarse juntos y yo cambiarme al asiento de adelante. Creo que nunca les habían ofrecido un favor así y con la mirada prácticamente asumieron que era un cura, un monje tibetano o alguien de espíritu bueno y sano. Ciertamente yo no soy tan así, pero creo fuertemente en los gestos de civilidad. Pensando en este episodio me di cuenta que la esperanza secreta es que, en una situación similar, cualquiera de ellos responda más o menos así.

jueves, 10 de abril de 2008

Lo Fugaz de la Existencia

El eterno drama de la finitud. El eterno drama del hombre contingente. ¡Cuánto ha sufrido la Historia de la Filosofía pretendiendo hacer del hombre un infinito! Parménides nos inmovilizó; Aristóteles nos dio movimiento y conocimiento finito de lo infinito; Hegel nos hizo Uno y después de amalgamar la paradoja sartriana, nos sumimos en la angustiosa fugacidad del presente existencial. Mas, ¿no debiera ser eso momento de exaltación? ¿No vivimos a modo de fugacidades que se extienden hasta la posibilidad de la imposibilidad de todas las posibilidades? ¿No guardamos en las profundidades nobles del alma el instante mismo? ¿Y no es aquel fugaz instante el contacto con la infinitud? Ustedes filósofos que piensan el mundo, que cambian el mundo, que viven el mundo, ¿no juegan a encontrar el tesoro griego del Kairós? Su filosofía, su pensar, su vivir se define en la fugacidad de la existencia. Basta de sombrías perspectivas que tildan a nuestro estar-en-el-mundo como tarea inútil. La inutilidad se resuelve en la fugacidad: el suspiro antes de caer al agua, el instante previo a la risa, el latir, el acercar nuestros labios a la mujer que amamos, el silencio original, el primer momento del despertar metafísico, ahí en el púlpito de madera bajo el húmedo sol de Noviembre; la inspiración musical y la estrella danzarina, el sueño, el despertar, los últimos rayos de sol, las primeras luces de una fría mañana de invierno, el Fin de la Novela, expirar, suspirar, reir. Habría, quizás, que pensar en lo fugaz, es ahí donde se encuentra la paradoja de lo eterno.

jueves, 3 de abril de 2008

Humildad

Siempre he mirado con escepticismo esas máximas de personas ciertamente más inteligentes que yo y que dicen que la vida hay que vivirla con humildad. Supongo que es porque vivir con humildad es mejor que vivir sin ella.

Dentro de las reglas de comportamiento históricas que toda sociedad construye con el pasar del tiempo, pareciera que la humildad como valor tiene arraigo desproporcionado. Y, a decir verdad, no me queda muy claro por qué. Ser humilde es sinónimo de prudente, virtuoso, templado, inteligente, sabio, humano y un largo etcétera de adjetivos. No ser humilde, por el contrario, es sinónimo de soberbio, grosero, antipático y otro largo etcétera. Pero me parece que la humildad esconde, por así decir, cuestiones reales que por muy antipáticas que puedan parecer no dejan de ser verdad. Por eso, si alguien tiene éxito económico (por ejemplo) dice - "la vida me ha tratado bien" o "he tenido fortuna en mi vida" - pero nunca escucharíamos decir que dicho éxito se debe a que - "soy más inteligente" o "más astuto" -. ¿Por qué se genera una regla así, implícita, donde el éxito o cualquier signo que presuponga ubicarse objetivamente por encima de otro grupo es tan mal visto?

Recuerdo hace unos años que leía un artículo sobre Stephen Hawking. La crónica decía que para muchos de los físicos e intelectuales de la época había resultado desgradable y, por qué no decirlo, irresponsable, que Hawking - "en un alarde soberbio y carente de humildad" - hablase de sí mismo como uno de los físicos teóricos más importantes de la historia. Y sin embargo, esos mismos físicos e intelectuales dirían en privado que, efectivamente, Hawking es uno de los más grandes físicos que jamás ha existido. Sin embargo, como la verdad proviene de su propia boca el asunto es "soberbio" y "poco humilde".

Jacques Le Goff (el gran historiador francés de la escuela de los Anales) le hecha la culpa al cristianismo. Y la razón es bastante sencilla: dado que el mensaje es de una igualdad universal entre todos los hombres, parte de la actividad de todo cristiano estaría en reconocer esa igualdad, incluso a costa de minimizar sus propios logros. Resulta evidente que la explicación teológica no aborda cuestiones relacionadas con la vida privada de cada uno, ni con los méritos o talentos asociados a lo que Rawls llamaba la "lotería natural". Pero por esos vericuetos complejos de la historia humana, la extensión se hizo incluso a aspectos desligados de la esencia de la persona.

Creo que actuar con poca humildad provoca desagrado porque encontrarse de frentón con una verdad (y con una persona) que puede superarnos en alguna u otra materia, cataliza desde la guata un sentimiento asociado al egoísmo. Todos están más o menos contentos con la parte que le tocó (algo que ya decía Hobbes), y darse cuenta que la repartición de la torta - sea ésta inteligencia, dinero, éxito o belleza - ha favorecido más a unos que a otros, y que además esos otros lo digan abiertamente, produce sensaciones poco positivas. Debo reconocer, no obstante, que también me produce cierto desagrado la falta de humildad, aún cuando ésta se encuentre completamente justificada.