martes, 8 de enero de 2008

Entre dar jugo y la buena onda

Varios de mis amigos se están casando, y otros van derechito al cadalzo (o al cielo, dependiendo de como se mire). Por razones que escapan a mi comprensión, después de los veintinco empieza, para muchas personas, un frenazo con olor a caucho. Estas personas lo caracterizan como "madurez", "iluminismo moral", "sentar cabeza" y otro tipo de términos autocomplacientes que nadie sabe muy bien qué significan, pero que - al menos - suena bien, como si fuera parte de una profunda reflexión mística acompañada de inhalaciones de pañal de adulto. La verdad es que no sé si esas pseudo-decisiones existencialistas corresponden a imposiciones forzosas de aquella vocecita vestida de blanco, con alas emplumadas y aureola brillante; o si, por el contrario, son motivadas por una reacción en cadena de personas con remordimientos éticos. Para mí, el único resultado práctico es perder personas con las cuales puedo divertirme como Dios manda y, desde el otro lado, ganar vejestorios del carrete y conciencias críticas hacia lo que se hace, y lo que se deja de hacer, dicho sea de paso.

Porque, al final del día, algunos siguen siendo como son, lo que significa que si hemos de carretear hay que hacerlo de acuerdo a lo que el espíritu aconseja. Y a éste definitivamente no le gustan esas reuniones donde de lo único que se habla es del trabajo, de quién es el próximo matrimonio, de quién está esperando guagua, de qué rico que está el pisco sour, y de "qué tarde es (1:00am) hay que irse". Paso. En serio. Más aún, le estoy haciendo el quite a ese tipo de invitaciones, no tanto porque no me interesen, sino porque me pierdo de cosas mejores. Obviamente, de manera ocasional, debo responder a las invitaciones con una sonrisa más parecida a una mueca (agradecimientos al imperativo moral kantiano de pasadita), ya que, mal que mal, no quiero seguir perdiendo amigos; pero, a decir verdad, cada vez estiro el elástico hasta poquito antes de que se corte: tampoco quiero que me dejen de invitar.

No deja de ser fácil adiviniar que prefiero, con toda claridad, una buena conversación con piscola en mano, o vodka tonic, o whisky si las cosas andan bien, en eso que se llama "previa"; y después - si los planetas están bien alineados - terminar en algún local donde el jugo y la buena onda corran como los ríos de vino que antiguamente era provisto por Baco (otro tipo simpático). Porque con un par de copas - y contrario a lo que pueda pensarse - caigo en la felicidad eufórica, la palabra fácil, la buena onda y la simpatía. Y cuando las copas se multiplican con el correr de la noche tiendo a ponerme un poquito "cariñoso", cuestión que muchas amigas toman con simpatía (y aprovechamiento) pero que otras, con clara influencia de la genética anglosajona, sólo miran a la distancia. Y lo que me queda clarísimo es que, en último término, si bien el carnet de identidad puede decir una cosa, eso no impide a que restemos números y vivamos acorde a nuestro jovial y alegre espíritu. Hasta que se pueda... o hasta que queden ganas.

1 comentario:

Mili dijo...

Genial la foto de La Jaula, ciertamente le da un gran toque al blog.