Desde mi punto de vista hay tres formas de evaluar un gobierno: primero, desde la perspectiva de las políticas públicas, vale decir, de la implementación material o la modificación institucional de asuntos que van desde carreteras y hospitales, hasta regulaciones complejas de temas tales como la educación o la previsión. En segundo lugar, un gobierno se evalúa políticamente en términos reales y pragmáticos como son sus relaciones con los partidos políticos, la oposición, y la propia administración dentro de la maraña burocrática. Por último, un gobierno es evaluado desde la praxis política relacionada con su objeto intrínsecamente propio: el poder. En este sentido - siguiendo la lógica del Florentino - un gobierno debe mantener y, en la medida de lo posible acrecentar su poder. En este mundo contemporáneo, la consecusión de esto último va asociada, en parte, a la capacidad del gobierno en generar lazos de relación entre su estructura monolítica y la población que lo eligió. El gobierno debe ser capaz de generar recursos de asociatividad en términos simbólicos, generar meta-relatos de lo que sucede y lo que se espera y que los ciudadanos entiendan crean aquello que es informado.
Si dejásemos de lado el fiasco monumental que ha significado Transantiago, la primera de las evaluaciones sería relativamente positiva. Se han implementado determinadas políticas públicas (particularmente en temas de seguridad y educación) que han generado bienestar. Asimismo, se han inaugurado hospitales, caminos, servicios, etc., que - aún tomando en cuenta la precariedad en la implementación - alcanzan a obtener un azul más que un rojo.
La segunda evaluación es manifiestamente negativa. Su justificación está a la luz: un gobierno que no es capaz de actuar con la mayoría explícita que tiene en ambas cámaras no puede considerársele exitoso. La Secretaría General de la Presidencia tiene en esto gran responsabilidad, pero también en una evaluación errónea respecto del rol de los partidos políticos en el devenir democrático, por cuanto ha existido una contradicción casi patológica entre el entendimiento y la cooperación, y la renuncia a cualquier grado de asociación bajo el fallido slogan del "gobierno ciudadano".
Por último, y lo que me parece más grave, este gobierno ha sido absolutamente incapaz de mantener una sola línea comunicativa. En ser capaz de preveer los conflictos, de maximizar sus triunfos (por espúreos que sean) y de minimizar las crisis. Más aún, no ha sido capaz de sostener sus tesis originales como la paridad de género (una estupidez circense), las caras nuevas (la candidez en su máximo esplendor) y, por supuesto, el ya nombrado gobierno ciudadano, el cual nunca llegó a conformarse como tal y que sólo tuvo indicios de su aparición en las famosas comisiones.
Punto aparte merece el análisis de la figura presidencial. Pero eso le dejo para más adelante
domingo, 6 de enero de 2008
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